En el jardín de una hermosa casa había un hormiguero
en el que las hormigas, dirigidas por Catalina, reina
del hormiguero, habían construido largas galerías, con su comedor,
sus salas de juego, sus dormitorios y una gran habitación destinada
a la despensa.
Una soleada mañana , la reina Catalina salió a
dar un paseo y descubrió, en un rincón del jardín, algunos
alimentos que se podían almacenar para el invierno. Volvió al hormiguero e indicó a todas las
hormigas el lugar donde encontrarían las provisiones.
Las hormigas, una detrás de otra , emprendieron el camino, pero a Vicente,
la hormiga independiente, y a su amiga Libertad, la de antenas sin par, les gustaba explorar
y buscar alimentos por su cuenta. Vicente, la hormiga independiente, se fue por el césped... y buscó... y buscó... pero nada
encontró. Libertad se subió a las piedras... y también buscó... y buscó... pero nada encontró.
Se había hecho muy tarde y Vicente y Libertad, cada uno por su
lado, se dieron cuenta del error que habían cometido al haberse
alejado del hormiguero. Ahora tendrían que volver con las manos
vacías, llenos de vergüenza.
Cuando volvían al hormiguero, Vicente y Libertad se encontraron
y mientras
caminaban, vieron cómo caía del bizcocho de un niño una gran miga de pan.
Las dos hormigas al ver la miga se les hacía la
boca agua.
- Mmmmm... ¡Qué bien! -dijo Libertad-. Me la comeré entera en
un momento.
Pero Vicente exclamó:
- ¡Deja en paz esa miga de pan! ¡Es mía! ¡Yo la vi
primero!
Las dos hormigas se lanzaron sobre el trocito de pan y
comenzaron a tirar una para un lado y la otra para otro...
para allá y para acá... para acá y para allá... mientras
discutían con gran fuerza.
Cuando ya se habían repartido unas cuantas bofetadas, llegó Barbosa, la hormiga generosa.
Era una hormiga que se había perdido, y que al oír el alboroto sintió curiosidad
por saber qué pasaba.
Al verla acercarse, Vicente y Libertad se asustaron pensando que tendrían que repartir
también con ella el botín.
- ¡Alto ahí! ¡No toques ese trozo de pan! ¡Es nuestro! -dijo
Libertad.
- Eso es -dijo Vicente- Si quieres llevarte este sabroso
alimento, tendrás que pelearte con nosotras.
- ¿Pelearme yo? -exclamó Barbosa-. No tengo intención de pelearme con nadie. Lo único
que quiero es comer. Llevo toda la mañana dando vueltas por el jardín, me he perdido, y
estoy cansado y hambriento. ¿Por qué no repartimos el pan entre las tres?
- ¿Compartir el pan? Esta miga es sólo para mí -dijo Libertad.
- Eso no es verdad, es para mí solito -respondió Vicente.
- ¡Que te has creído tú para acá... para acá y para allá... mientras
discutían con gran fuerza.
Cuando ya se habían repartido unas cuantas bofetadas, llegó Barbosa, la hormiga generosa.
Era una hormiga que se había perdido, y que al oír el alboroto sintió curiosidad
por saber qué pasaba.
Al verla acercarse, Vicente y Libertad se asustaron pensando que tendrían que repartir
también con ella el botín.
- ¡Alto ahí! ¡No toques ese trozo de pan! ¡Es nuestro! -dijo
Libertad.
- Eso es -dijo Vicente- Si quieres llevarte este sabroso
alimento, tendrás que pelearte con nosotras.
- ¿Pelearme yo? -exclamó Barbosa-. No tengo intención de pelearme con nadie. Lo único
que quiero es comer. Llevo toda la mañana dando vueltas por el jardín, me he perdido, y
estoy cansado y hambriento. ¿Por qué no repartimos el pan entre las tres?
- ¿Compartir el pan? Esta miga es sólo para mí -dijo Libertad.
- Eso no es verdad, es para mí solito -respondió Vicente.
- ¡Que te has creído tú eso! -dijo Libertad.
Entonces intervino Barbosa:
- Si seguís discutiendo no habrá forma de entenderse. Es una miga de pan muy grande para
que se la coma una sola. Tenemos comida para las tres... Y
seguro que, después de comer todo lo que queramos, nos
sobrará y lo podremos llevar entre las tres al hormiguero.
Por eso, lo mejor sería compartir esa estupenda y tierna
miga de pan. Discutir no sirve de nada, nos hace perder el
tiempo. Además, por el camino he visto un pájaro que nos puede qutar este exquisito manjar.
- Oye, Vicente, creo que Barbosa tiene algo de razón -dijo
Libertad.
- Es verdad, quizá está en lo cierto -dijo Vicente-. Además, si
no lo hacemos cuanto antes, la miga de pan se va a quedar
más dura que una piedra.
Así partieron la miga y comieron. Y comieron hasta hartarse. Cuando terminaron, se habían
hecho muy amigas y entre las tres llevaron al hormiguero el pan que les había sobrado.
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